
La Falacia de la Proximidad Policial
El declive del principio de autoridad: El riesgo de la proximidad policial malentendida
Por Juan González Moreno Director del Instituto GOAS
El principio de autoridad es un debate recurrente y fundamental para la seguridad de nuestra sociedad. Antiguamente, en el entorno escolar, el respeto hacia la figura del docente era incuestionable; el trato de «usted» o «don» marcaba una línea clara de respeto. Sin embargo, con el tiempo, esta dinámica se ha ido diluyendo en favor de una cercanía excesiva, un «amiguismo» que ha desdibujado las fronteras de los roles sociales. Esta pérdida de autoridad no se ha limitado a las aulas, sino que ha permeado hacia el núcleo familiar y, de forma inevitable, hacia las instituciones encargadas de mantener el orden, como la policía.
Igualdad humana frente a jerarquía operativa
Para comprender este fenómeno, es vital distinguir entre dos conceptos que a menudo se confunden en el debate público: la igualdad humana y la jerarquía de los roles sociales. Como individuos, todas las personas somos exactamente iguales, compartiendo los mismos derechos fundamentales y obligaciones. No obstante, para que una sociedad fluya y funcione correctamente, es imprescindible establecer y respetar roles sociales específicos.
La relación entre padres e hijos, profesores y alumnos, o policías y ciudadanos, se rige por un principio de jerarquía operativa. Cuando esta estructura se rompe desde la base y se empieza a tratar a las figuras de autoridad como iguales en el plano operativo, se pierde el respeto mínimo y el orden necesario para la convivencia.
La trampa de la proximidad malentendida
En los últimos años, diversas tendencias políticas y sociales han fomentado un modelo de «policía de proximidad» sustentado en una interpretación errónea del concepto. Se busca proyectar un trato igualitario y horizontal en prácticamente todas las intervenciones, confundiendo la vocación de servicio con la vulnerabilidad.
La verdadera proximidad policial debe traducirse en un trato amable, cortés y cercano con aquel ciudadano pacífico que requiere ayuda. Sin embargo, un agente jamás puede, ni debe, mostrarse «próximo» o amigable frente a un delincuente o un infractor. Pretender que los policías mantengan esta falsa cercanía en situaciones de conflicto supone un riesgo inasumible, ya que les empuja a minimizar sus protocolos de seguridad bajo el peso de un interés político o de imagen.
El coste de mantener el orden
Los profesionales de la policía son el recurso definitivo de la administración para garantizar el bienestar común. Su función inherente implica llamar la atención y frustrar las intenciones de quienes infringen la norma, protegiendo así a la mayoría. En el momento en que un policía interviene, la reacción natural del infractor es la frustración, que rápidamente se transforma en rabia y hostilidad directa hacia el uniforme.
Ante un escenario hostil, la integridad física del agente depende exclusivamente de mantener medidas extremas de autoprotección. La imposición de un modelo de proximidad malentendido deja a los policías desamparados frente a sus propios protocolos. Este error de concepto no solo perjudica a los agentes, asumiendo riesgos innecesarios, sino que termina desprotegiendo al ciudadano de bien, que ve mermada la firmeza e imperatividad de quienes deben garantizar su seguridad.
El orden y la seguridad ciudadana exigen un equilibrio que no admite concesiones: cercanía total para el ciudadano que necesita auxilio, y firmeza inquebrantable frente a cualquier conducta hostil.



